No sé si alguna vez os habéis preguntado acerca de lo que sucedió con los enfermos a quienes curó Jesús. Sabemos que, de los diez leprosos sólo uno volvió agradecido. ¿Qué pasaría con los ciegos, sordos, paralíticos, endemoniados que convulsionaban…? Si reflexiono acerca de esto es por lo que me ha pasado.
Cuando hace un año iba a abandonar la UCI la médico intensivista al darme el alta le dijo a Mari Carmen: “Jesús no volverá a respirar por sí sólo, necesitará la ayuda de un respirador, por ello no podrá hablar y la alimentación en lo sucesivo será a través de la sonda que le hemos colocado en el abdomen”. No era cuestión de ser pesimista, es sólo que mi enfermedad, la ELA se las gasta así.

De todas formas salí muy agradecido porque había salvado el pellejo y mi sueño era volver a casa con los míos. Todos rezábamos al Señor para que sanara o para que mejorara de tantas desdichas. Y así fue como empezaron a desarrollarse unos hechos increíbles. Cuando me subieron a la habitación me senté en la silla de ruedas y trajeron la bandeja de comida con un  plato de carne con tomate y dije “tengo hambre”. Dicho y hecho en cinco minutos me zampé el plato. ¡Milagro ahora come! Al llegar a casa probamos a desconectar del respirador para ver qué pasaba; poco a poco los períodos de desconexión fueron cada vez más largos hasta prescindir del aparato durante todo el día. ¡Milagro ahora respira!

Pero quizás fue el tercer milagro el más espectacular ya que contó hasta con un maestro de ceremonias, mi amigo-otorrino-compañero-ángel blanco  Emilio. Un día al preguntarle si yo podría hacer ejercicios de logopedia, me respondió que yo no necesitaba eso. Con la parsimonia que el momento requería retiró lentamente el humidificador de la traqueostomía y tapando el agujero con uno de sus dedos dijo con voz vigorosa: ¡Habla! Y yo dije ¡Hola! ¡Milagro, el mudo ha hablado! Con este prodigio disfruté especialmente ya que me dediqué a llamar por teléfono a familiares y amigos que se quedaban muy sorprendidos, como si mi voz hubiera vuelto del más allá.

En definitiva tres milagros sucedidos en una enfermedad como la mía que nunca retrocede ni da posibilidad a la mejoría. Pasado casi un año de aquellos eventos mágicos que me produjeron una inmensa alegría me pregunto, ¿He sabido valorar los regalos que me concedió el Señor? Reconozco que mi alegría duró un tiempo limitado pasado el cual me acostumbré a vivir con mis nuevos poderes.

La vida volvió a tener la rutina de vivir todos los días. Por eso imagino que alguno de los nueve leprosos al volver a su casa muy contento por volver a ser sano tendría que buscar un trabajo, compraría una casa, se casaría y tendría hijos y a partir de ahí tendría que cumplir con las obligaciones de ser un padre de familia: llevar a la niña a inglés, al niño a clase de guitarra y el domingo con un bocadillo acudiría al estadio de fútbol para ver a su equipo favorito, el fútbol club Palestina.

En ambos casos un milagro que supone la curación del cuerpo proporciona una felicidad que es limitada. No es cuestión de ser desagradecido, se trata más bien de que al volver al ritmo de vida habitual la magia desaparece y nos vemos obligados a cumplir con nuestras obligaciones. Recuerdo que en los evangelios antes de realizar el milagro de la curación Jesús decía a los enfermos: ”tus pecados te son perdonados, vete en paz y no peques más”. Se trataba de la sanación del alma. Lo que ocurre es que este acontecimiento no podía ser portada del The Jerusalén Post ni tampoco sería el twitter más leído de Galilea. Por eso, a continuación Jesús curaba al enfermo diciendo” para que veáis que puedo sanar tanto el alma como el cuerpo te digo a ti levántate y anda”.

Mirando hacia atrás en mi vida reconozco que el verdadero milagro me sucedió cuando llegó la enfermedad, ya que en el silencio que la acompañaba oí perfectamente la llamada de Jesús a mi puerta. Y abrí y esa noche cenamos juntos y desde entonces no nos hemos separado. El milagro ha sido mi conversión día a día, poco a poco de la mano de Jesús que ha transformado mi vida. He cambiado mucho desde entonces y reconozco que ha sido éste el gran cambio de mi vida que a diferencia de los otros milagros me ha dado una felicidad como diría Shrek ”de verdad de la buena”. Una felicidad no pasajera como las anteriores sino una felicidad profunda y duradera que surgió del encuentro de amistad con mi amigo Jesús.

Por eso vuelvo al tema del comienzo, los milagros existen pero ha sido el encuentro con el Señor el milagro que ha transformado mi vida y la conversión y la sanación del alma los hechos prodigiosos que me hacen ser feliz a pesar de todas las adversidades.

Reflexión escrita con la ayuda de mi hija María.