Mi nombre no importa porque hoy quiero hablar de mi amigo Miguel. El 5 de julio de 2018, Miguel nos anunció a todos que padecía una enfermedad llamada ELA. En mi caso, creo que tuve una sensación parecida a la que tendría si mi madre me anunciara que ha dejado de quererme, así de repente: “ES IMPOSIBLE” pensé.

Debo puntualizar que, en el caso de mi amigo Miguel, estamos hablando de una persona realmente extraordinaria de las que uno tiene la suerte de conocer pocas en la vida: ejemplar en lo de tener una vida saludable, deportista inalcanzable en logros para la inmensa mayoría de nosotros, siempre dispuesto a ayudar a todos los que de un modo u otro le hemos pedido ayuda. Miguel es realmente todo lo que uno desea cuando piensa en la palabra “amigo”.

A ese primer momento de negación, de pensar que esa desconocida enfermedad le podía tocar a cualquier persona del mundo menos precisamente a él, le siguieron luego emociones como el enfado, pues es tremendamente injusto que las personas especiales sean tocadas con tan terrible enfermedad, o la tristeza de pensar que nada iba a ser igual a partir de ese fatídico día.

Sin embargo, a día de hoy, más de un año después, puedo decir que mi relación de amistad con Miguel es mejor que nunca a pesar de la distancia que nos separa. Es un hecho que él está menguando en cuanto a cualidades físicas, pero del mismo modo se está volviendo un gigante en cuanto a otras cualidades como la adaptación, el compromiso y la búsqueda de soluciones frente a los múltiples problemas que nos podemos encontrar en la vida.

Y todos los que le rodeamos en parte también, por efecto contagio, nos estamos volviendo más gigantes. En mi caso particular, aprendiendo que la ELA es una enfermedad que se combate mejor en compañía. Pero no de un modo directo, no dándole protagonismo, sino tratando de “normalizarla” como algo que está sacando de todos lo mejor de nosotros mismos.

También entendiendo que mi amigo en ocasiones se canse más pronto que antes, o de vez en cuando vaya por “la parte baja de su montaña rusa”, pero sin olvidar que, en el fondo, él sigue siendo el mismo de siempre.

Compartir un buen momento con mi amigo Miguel sigue siendo hablar de fútbol, de cuando lo jugábamos en las pistas del colegio o del día que fuimos campeones del mundo, echar unas risas recordando la primera vez que donamos sangre, hablar de Aracena o del viejo cine de verano, y compartir una canción de “Los Planetas” o de “Ahí lo llevas”, mientras vemos un viejo capítulo de “Los Simpson” o “La Hora Chanante”… Chananteeeeeee!.

Y por supuesto, nada ha cambiado para seguir llamándonos por teléfono y contarnos el día a día, o dar un paseo y terminar en el Quini para tomar un café con tostadas. Un buen desayuno como uno de hace poco, en el que Miguel me comentaba: “Ya está próximo el aniversario…”, refiriéndose al anuncio de su enfermedad. Mientras yo le contestaba, entendiendo su frase en otro sentido: “Pues sí, ya está próximo el aniversario de tu boda con Mari Carmen, ¡¡qué bien lo pasamos!!”.

Porque quienes lo conocemos bien, y somos muchos, nos olvidamos muy fácilmente de la enfermedad cuando estamos con Miguel. Y, aunque podemos hablar de la ELA sin problema si a él le apetece, en el fondo tenemos claro que no son esas tres siglas quienes lo definen.

Miguel es un gran amante del deporte, de la educación y de la doctora Ruíz. Él es solidaridad, lucha y optimismo por naturaleza, todo un ejemplo para los demás. Miguel es un buen hijo y un amigo como la copa de un pino. Pero, sobre todo, Miguel es un padrazo que inculca día a día a Edu que nunca hay que bajar los brazos, porque ante cualquier adversidad hay que luchar como sus padres Justo y Rafi le enseñaron.

Y eso me hace sentir orgulloso de tí, Miguel. Un amigo que te quiere.