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Miércoles, 24 de Marzo de 2010 09:43 |
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La enfermedad llegó a nuestra casa poco a poco, silenciosamente, sin llamar, hace ya ocho años cuando mi hija María era sólo un bebe. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de que hemos recorrido un largo camino juntos.
Aunque soy enfermera y ayudo a los cuidadores de otros enfermos, y esto debería haberme ayudado a afrontar la nueva situación, creo que cuando te toca muy de cerca todo es distinto y cada uno la vive de una forma distinta, y en esto influyen muchos factores. En nuestro caso la lenta progresión de la enfermedad de mi marido nos ha ayudado a ir aceptando gradualmente todas las limitaciones impuestas por su parálisis que en la actualidad le han convertido en un gran dependiente necesitando ayuda para todas las actividades de la vida diaria. Otra circunstancia es que hemos hecho una piña alrededor de Jesús mis dos hijos y yo. Ellos han ido creciendo viendo evolucionar sus problemas y los han visto con naturalidad. Se han ido implicando en los cuidados de su padre y en la casa reina una gran tranquilidad y afrontamos la vida como una familia cualquiera. Yo he ido aprendiendo poco a poco en mi labor de cuidadora y de madre de familia llevándolo todo hacia adelante con la ayuda de Dios. El me ha ido enseñando el manejo de nuevas herramientas en esta tarea. He aprendido a mirar a los demás antes que a mí misma. He comprendido el valor de las pequeñas cosas. Reconozco el valor de la familia que el Señor me ha dado como una gracia, y somos una familia feliz a pesar de las dificultades.
El padre Martín Descalzo escribió hace tiempo un cuento sobre un perro que se había lesionado una pata y describía como continuaba bailando de alegría, aunque fuera a la pata coja, cada vez que veía a sus dueños. No parecía importarle el esfuerzo que suponía caminar sin una pata ya que él continuaba haciendo su vida haciendo felices a los demás. Es cierto que cuando salimos de paseo mi marido necesita una silla de ruedas pero hemos aprendido a caminar a la pata coja y cuando ves la vida así te parece que las limitaciones no son tan importantes.
Nadie desea una enfermedad pero en nuestro caso nos ha hecho una familia mucho más fuerte, unas personas mucho más maduras (aunque Maria tenga sólo ocho años), una familia cristiana más unida. Ser cuidadora todos los días y a todas horas no es fácil pero el Señor me ayuda mostrándome su cara a diario en el seno de mi familia, ofreciéndome su ayuda en cada momento. Los cuatro hemos aprendido a ver la cruz de papá y todos ponemos el hombro para ayudarle a llevar el madero con lo cual la carga se hace más llevadera y el sufrimiento es acogido como una lección más de la vida recibida con alegría .
Al final me he dado cuenta de que todo lo que estoy aprendiendo me aprovecha para mi trabajo con los enfermos, sabiendo ponerme en el lugar del paciente y del cuidador, compartiendo sus problemas y haciéndoles ver que también andando a la pata coja se puede ser feliz.
María del Carmen Martínez López.
24 de marzo de 2009 |