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Miércoles, 24 de Marzo de 2010 13:04 |
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Cierto día iba hablando con mi amigo Samuel, cuando le pregunté por su padre, ya que nunca lo veía por el colegio. Me contó que la razón era porque estaba enfermo desde hacía unos años postrado en una silla de ruedas. Samuel me explicó con mucha naturalidad como era la vida de una persona con discapacidad.
En el caso de su padre una enfermedad le fue restando movilidad poco a poco, y conforme pasaba el tiempo cada vez podía hacer menos cosas: ir al trabajo, andar, lavarse, coger un vaso de agua, coger el teléfono... "por eso la vida de la familia cambió también, implicándonos todos en la ayuda a mi padre". Seguían haciendo muchas de las cosas que hacían antes, pero de otra forma, teniendo en cuenta las limitaciones de su padre. Así por ejemplo seguían saliendo a comer juntos pero ahora se fijaban si había escaleras en la entrada del restaurante. También aprendió a darle de comer a su padre y aunque la gente los miraba eso no impedía que se lo pasaran bien juntos. .
Le pregunté si había veces en la vida en las que se lamentaba por no poder tener un padre que sí pudiera jugar con él, que se sintiera amargado por ello, que no pudiera salir a la calle porque toda las personas que pasearan pusieran sus ojos sobre ellos... sonrió y dijo que quería mucho a su padre a pesar de que no fuera como los demás, y que en su casa todos eran felices ya que habían aprendido a superar día a día los obstáculos juntos como una piña.
Yo creía que las personas que tenían una discapacidad física estaban tristes, malhumoradas y eran egocéntricas. "! Todo lo contrario!" dijo Samuel. Decía que su padre era una persona como las demás y no sólo eso sino que además era divertido, cariñoso y abierto a todos.
Samuel me puso una mano sobre el hombro y me dijo que el secreto de la felicidad de su familia era el cariño, la capacidad de quererse unos a otros. Por eso en su casa no es importante que su padre vaya o no en silla de ruedas, lo que tiene valor es la capacidad de amar y compartir con los demás. Nos despedimos, me quedé pensativo y saque la siguiente conclusión de la conversación: un discapacitado no es un bicho raro. Es una persona igual que los demás que precisa para adaptarse al entorno de unas adaptaciones que le permiten mejorar su calidad de vida. Y por lo que me había contado mi amigo Samuel, el cariño y su familia son la base de esa felicidad que hace posible vivir en una silla de ruedas con una sonrisa.
Jesus Marchal Martínez 13 años.
Febrero 2010
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