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Existe una relación “exótica” entre la ELA y la demencia frontotemporal (DFT) o deterioro cognitivo, en oposición a la creencia popular de que la ELA no afecta al intelecto. A lo largo de los últimos años, evaluaciones neuropsicológicas revelan que hasta el 50% de los pacientes con ELA tienen trastornos de ánimo y de conducta leves, pero clínicamente significativos que afectan a la flexibilidad mental, fluidez verbal y razonamiento abstracto entre otros.
De estos pacientes, en el 15% existe una progresión hacia la demencia frontotemporal, con alteraciones de la personalidad y de la conducta significativa. Estos indicios, antes podían pasar desapercibidos y atribuir sus síntomas a la edad, a la no aceptación de la enfermedad o a la mala relación enfermo/cuidador. Ahora está saliendo a la luz como patología asociada a la ELA, gracias a un mayor acceso de la población a los sistemas de salud y a un incremento de la capacitación de los neurólogos.
La demencia frontotemporal se define como una enfermedad neurodegenerativa caracterizada por un cambio progresivo de la personalidad y el comportamiento y, una alteración temprana en el leguaje. Para mejorar el diagnóstico precoz es necesario realizar pruebas complementarias, como la resonancia magnética y la exploración neuropsicológica que permitan un diagnóstico anticipado a tener en cuenta para ralentizar su avance y ganar en calidad de vida.
Esto es importante en la ELA, debido a que los enfermos que desarrollan DFT presentan una peor adaptación a la enfermedad, un sufrimiento acentuado para paciente y cuidador, así como incapacidad para ir adaptándose a los cambios neurodegenerativos que presenta la ELA. Por ello, se recomienda consultar con el neurólogo ante cualquier señal de deterioro cognitivo.
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