Desde 2005 a tu lado

DECLARADA DE UTILIDAD PÚBLICA

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José Antonio y su mujer en Tokio

Un viaje soñado… con miedos previos

Testimonio de José Antonio, sevillano de 44 años. Cuando mi mujer y yo decidimos que nuestro viaje de novios del pasado verano fuera a Japón, confieso que me preocupé por las dificultades a las que nos íbamos a enfrentar, al haberse reducido notablemente mi capacidad de andar y hablar, tras un año y medio de conocer que la ELA me había elegido.

Viajar con discapacidad: una ansiedad añadida

Cualquier viaje fuera de tu país genera ansiedad, en mayor o menor grado según la distancia, el choque cultural, el clima, la comida, el idioma, etc. Es una reacción natural de nuestro cuerpo para estar preparado y la ilusión del viaje consigue neutralizar las sensaciones desagradables del estrés previo. Pero si añadimos la incapacidad de movernos con normalidad, esa ansiedad no se consigue amortiguar. Sabes que vas a depender de gente extraña y, al desconocimiento del idioma, se añade la personalidad que tenga la persona a la que pides ayuda.

La indiferencia cotidiana en mi propio país

Acostumbrado a vivir situaciones muy desagradables en mi país desde que usaba bastón, estaba empezando a temer el viaje con el que tanto tiempo habíamos soñado. Y es que ya no veía raro que nadie me cediera su asiento en las salas de espera. Había asimilado que tenía que estar atento a quien viniera detrás cuando caminaba por una acera estrecha o podría desequilibrarme en su impaciente adelantamiento. Incluso intentaba comprender por qué una mujer con su hijo pequeño pasaba de largo cuando me vio tumbado en una pseudoacera con mi “scooter” de movilidad atrapando mis piernas. Será que tiene miedo de mí, pensé.

Primeras trabas antes de despegar

Llegó por fin el día de la aventura asiática y las expectativas se cumplieron desde el mismo inicio, sin salir aún de nuestra España, en la estación de Santa Justa, desde donde nos desplazaríamos a Madrid. Nos llevamos un rapapolvo por no avisar con 48 horas de que necesitaba asistencia para acceder al AVE.

Deben pensar que cuando pasas a ser discapacitado, viene incluido un manual de instrucciones para saberlo todo. Ya tenía suficiente mi mujer con soportar que a un grupo de chicos parecía divertirles verla sufrir al colocar la pesada maleta, como para añadir el pensar en cómo iba a ayudarme a subir. Al final acudió un asistente con elevador, a pocos minutos de la hora de salida.

Una sensibilidad ausente

No iba a ser menos nuestro aeropuerto internacional Adolfo Suarez, donde podríamos comenzar con la implementación de la inteligencia artificial, puesto que tendría la misma sensibilidad que aquel empleado de la aerolínea: “¿Puede usted caminar 50 metros en un minuto?, porque si no, debería haber pedido silla de cabina”.

Tokio: una sorpresa luminosa

Podría extenderme mucho y aún más desagradable si incluyera la escala en Abu Dabi, pero lo que realmente quería dar a conocer, es de cuánto cambió todo nada más llegar a Tokio.

La desconfianza fue desvaneciéndose a medida que me sentía más y más protegido. No era algo puntual de una persona en particular que paseara por un parque o que se dirigiera a algún lugar en el laberinto de calles y edificios, ni de un empleado de hotel o de una abarrotada estación de tren, ni de un camarero de un pequeño Izakaya o de un restaurante en un rascacielos, ni de un dependiente de una tienda de ropa o cualquiera que estuviera comprando algo.

Una sociedad volcada en ayudar

Todo el mundo ayudaba en la forma que pudiera y lo que era aún más emocionante, sus caras expresaban satisfacción por ayudar. Si no sabían ingles nos apañábamos con los smartphones, si no entendíamos las indicaciones, dejaban lo que estaban haciendo y te acompañaban, apartaban obstáculos, priorizaban mi paso…a menos que hubiera una urgencia sanitaria y yo era el que tenía que apartarme, obviamente. Lo que ya era impensable para mí, es que la sanitaria me buscara por la estación después de hacer su trabajo, para pedirme disculpas.

Reflexiones después del viaje

El viaje superó nuestras expectativas y aún hoy, seis meses después, me hace reflexionar sobre los valores que hacen a un ser humano comportarse como un japones y no están en otros países, cuando el supuesto primer mundo está tan globalizado.


No observé un sentimiento religioso en el sentido que podríamos tener aquí, a pesar de los incontables templos budistas, sintoístas y algún cristiano. No tuve la impresión de que faltaba el impulso consumista que nos hace caer en la búsqueda del placer efímero y egoísta, más bien al contrario, saturaba la sobreestimulación de sentidos para que necesitaras cualquier cosa absurda.

El valor del respeto que tuvimos y perdimos

Mi reflexión me llevó a recordar mi vida con quince o dieciséis años, cuando con amigos subíamos al bus y, sentados para un viaje de quince o veinte minutos, nos levantábamos en sincronización para ofrecer nuestro asiento a una embarazada, un anciano o cualquiera que llevara muletas. Y te sentías importante, orgulloso de haber ayudado en hacer algo que facilitara la vida a quien lo puede necesitar.

Un orgullo que era capaz de petrificar a 10 niños que se encontraban en el momento álgido de una pachanga en una plaza de barrio cuando “¡el que marque gana!” era superado por el paso de una pareja mayor. Y a continuación seguías jugando con la misma intensidad, pero con un trofeo añadido, el sentirte bien con lo que acababas de hacer, el orgullo.

¿Qué hace a los japoneses diferentes?

Sigo sin saber los valores que hacen a los japoneses, ser como son. Quizás forme parte de su exquisita extrema educación; quizás tengan un sentido del honor que aún se transmite desde que los samuráis practicaran el “Bushido” (el camino del guerrero); podría ser que, sin llegar a manifestarse, los parecidos valores religiosos están muy interiorizados. Pero si sé que en nuestra cultura occidental también sabemos cómo comportarnos para ayudar a que todos podamos disfrutar de la vida, reduciendo las dificultades que padece otra persona y la satisfacción que obtenemos por pequeños gestos que no cuestan nada.

Una llamada a la acción

Creo que de las acciones más rentables que podemos hacer a diario para sentirnos mejor en nuestra búsqueda de la felicidad deseada, no hay nada más “barato” que ofrecer ayuda a un discapacitado. Cinco minutos de tu vida para hacer sentir a esa persona que sigue siendo parte de la sociedad, que no ha desaparecido del mundo y que no tenga miedo de salir a la calle. A cambio, una mirada de gratitud eterna, una satisfacción que te invade y un orgullo que te hace afrontar el resto del día como alguien invencible.

Os animo a que practiquéis para recuperar y mantener ese orgullo. Ser un héroe no cuesta nada y recompensa mucho.

Dedicado a Nico y Lola, que nos prestaron su silla para poder hacer el gran viaje. ¡Gracias!

Texto escrito por José Antonio, paciente con ELA

13 respuestas

  1. Que gran testimonio, y extremadamente util. Invita a la reflexión. Creo que tenemos interiorizado más la prudencia a no hacer daño y que no nos hagan daño que el impulso a ofrecer nuestra ayuda. El origen puede ser multifactorial, pero sin duda después de leer esto, te sientes impulsado a ser más empático. Muchas gracias, me alegro que disfrutaráis del viaje.

  2. Siento verdadera vergüenza, por el trato que has recibido de mi país. Tenemos mucho que aprender.
    Muchísimas gracias por tu escrito, nos hace reflexionar, sobre los valores que actualmente hay en nuestra sociedad.
    Me alegro que hayas disfrutado de tu viaje a Japón.
    Un abrazo 🤗

  3. No hay nada más satisfactorio que ayudar a quien tienes a tu lado y lo necesita…..su cara de agradecimiento,en mi caso, me llega al alma y me inunda de una paz que me reconcilia con el ser humano….🙏🙏

  4. Hay que tomar ejemplo de países como Japón…y ya ven, no es la alta tecnología lo que importa, es la ALTA SENSIBILIDAD de esos países. Aún hay muchas barreras que derribar y sobre todo en la vida cotidiana. Gracias por tu testimonio José Antonio. 🙅

  5. Qué testimonio tan extraordinario y cuánto nos queda por aprender para ayudar a los demás.
    Ánimo José Antonio.
    La vida es preciosa. Ahora a por el próximo viaje!!

    Ya estás en mis oraciones.

  6. Hola Pardo!
    Tengo la gran satisfacción de conoceros ,eres amigo de mi hija Ana
    Os conocisteis en Cádiz y por su amistad viniste a su boda un 9 de diciembre al santuario de San Miguel de Aralar en Navarra
    Superaste un viaje igualmente importante y le acompañaste a mi hija en un día ventoso en el santuario de una montaña a 1100 metros
    Fué un placer conoceros y compartir vuestra alegría celebrando la nuestra.
    Escribe un libro, seguro que llega a los corazones,incluso a los más duros.
    Un super abrazo y muchísimo ánimo
    Toda la familia os queremos mucho
    Sois una gran luz!
    Con toda la fuerza de nuestro cariño
    A seguir viajando
    En casa os esperamos con los brazos abiertos :))

  7. Orgullosa de seguir viendo al gran luchador que conocí. A veces la vida nos pone retos complicados pero siempre para aprender algo.
    Te deseo lo mejor siempre y que tus sueños se alcancen.
    Si cada uno pudiéramos nuestros granito de arena todo sería más fácil.

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